El mensajero olvidadizo - Ema Wolf


mensajero     Hace mucho tiempo había reinos tan grandes que los reyes apenas se conocían de nombre.
     El rey Clodoveco sabía que allí donde terminaba su reino empezaba el reino del rey Leopoldo. Pero nada más.
     Al rey Leopoldo le pasaba lo mismo. Sabía que del otro lado de la frontera, más allá de las montañas, vivía Clodoveco. Y punto.
     La corte de Clodoveco estaba separada de la de Leopoldo por quince mil kilómetros. Más o menos la distancia que hay entre Portugal y la costa de China.
     Cuando Clodoveco y Leopoldo decidieron comunicarse, contrataron mensajeros.
     Y como siempre se trataba de comunicar asuntos importantes, secretos, nunca mandaban cartas por temor de que cayeran en manos enemigas. El mensajero tenía que recordar todo cuanto le habían dicho y repetirlo sin errores.
     El mejor y más veloz de los mensajeros se llamaba Artemio. Además terminó siendo el único: nadie quería trabajar de mensajero en aquel tiempo. No había cuerpo ni suela que durase. Pero Artemio era veloz como un rayo y no se cansaba nunca.
     El problema es que tenía una memoria de gallina. Una memoria con poca cuerda. Una memoria que goteaba por el camino. […]
     Lo que no recordaba, lo iba inventando en la marcha.
     - ¿Qué tengo que pedir de la princesa Leopoldina? ¿Era la mano? ¿No sería el codo? Me parece que era el pie.
     Cuando estuvo frente a Leopoldo dijo:

Te hace el rey Clodoveco
una petición muy grata:
que le envíes enseguida
de la princesa una pata.


     A Leopoldo le dio un ataque de furia. ¡Cómo se atrevía ese delirante a pedir una pata de su hija!
     Mandó a Clodoveco una respuesta indignada por semejante ocurrencia. Artemio se olvidó de todo.          Cuando llegó a la corte de Clodoveco dijo:

Necesito dormir la siesta
antes de darte respuesta.

     Clodoveco pensó que esa era la verdadera contestación de Leopoldo y quedó convencido de que el pobre no tenía cura. […] Y así siguieron las cosas.
     Hasta que un día…
     Un día el rey Leopoldo le pidió prestado al rey Clodoveco algunos soldados. Quería organizar un desfile vistoso. ¡Qué mejor que los soldados de Clodoveco, que tenían uniformes tan bonitos!
     Entonces le mandó decir por Artemio:

Necesito seis legiones
o mejor: diez batallones.

     Pero Artemio, en el colmo del olvido, le dijo:

Que me mandes cien ratones.

     ¡Todo mal!
     Cuando Leopoldo recibió en una caja con moño cien ratones perfumados, la paciencia se le terminó de golpe.
     - ¡Basta! –gritó-. ¡Clodoveco me está tomando el pelo! ¡No lo soporto! ¡Si no le hago la guerra ya mismo el mundo entero se va a reír de mí!
     Y sin pensarlo dos veces mandó alistar su ejército para marchar sobre el reino de Clodoveco.
     Pero antes, como era costumbre, le mandó la declaración de guerra:
Yo te aviso, Clodoveco,
que me esperes bien armado
pues voy a hacerte la guerra
por insolente y chiflado.
     Tanto y tanto tiempo anduvo que cuando llegó a la corte de Clodoveco, la noticia se había convertido en cualquier cosa:

Mi querido Clodoveco
espérame bien peinado
pues visitaré tu reino
en cuanto empiece el verano
Clodoveco se llevó una alegría.

     - ¡Leopoldo va a venir a visitarnos! Seguramente quiere arreglar el casamiento de leopoldina con mi hijo.      Vamos a prepararle una recepción digna de un rey. […]
     Mientras en el país de Leopoldo los ejércitos se armaban hasta los dientes, en la corte del rey Clodoveco todo era preparativos de fiesta. […]
     En un lado fabricaban escudos y lanzas de dos puntas. En el otro adornaban los caminos con guirnaldas de flores y banderines.
     Por fin llegó el día. […]
     Los dos reyes, frente a frente, se miraron. Uno con cara de guerra y el otro con una sonrisa de confite en los labios.
     Artemio se encontró entre los dos. Estaba quieto, muy quieto. Miraba a Leopoldo y miraba a     Clodoveco. Se rascó la cabeza y pensó que algo andaba mal, muy mal… Tan mal que mejor encontrara una solución antes de que fuera demasiado tarde. […]
     Entonces Artemio tomó aire y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

¡Cuídense del rey Rodrigo
si es que quieren seguir vivos!

     - ¿Rodrigo? ¿Y quién es el rey Rodrigo? – preguntaron los dos reyes.

¡El que les morderá el ombligo…!

     … gritó Artemio, y salió corriendo hacia el norte, veloz como una flecha enjabonada.
     Clodoveco y Leopoldo se quedaron pensando. Nunca habían oído hablar del rey Rodrigo, pero parecía un enemigo de cuidado.
     - ¿Sera el rey de Borgoña? –decía Leopoldo-. Debe ser el rey de Bretoña.
     - No creo, me parece que se llama Ricardo, y además tiene un apodo que ahora no me acuerdo…
     Así siguieron.
     Y todavía están allí, tratando de averiguar quién es el famoso rey Rodrigo.
   
Mientras tanto Artemio sigue corriendo, que para eso estaba bien entrenado. Ya se olvidó del rey Rodrigo, y seguramente tampoco se acuerda por qué corre.
 Más información en la sección Autores

Ema Wolf. ¡Silencio, niños! Y otros cuentos,
Buenos Aires, Norma, 1997.





Fuente:
Fernández Boiso, Anfrea J. Lengua: Prácticas del Lenguaje 4. Buenos Aires: Estación Mandioca, 2009.
ISBN 978-987-25310-3-4





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